Para evitar la resistencia, la ciencia explora nuevos antibióticos


A medida que evolucionan las bacterias patógenas y crece la resistencia a los antibióticos disponibles, científicos de todo el mundo se suman a la búsqueda de alternativas terapéuticas.

Hay nueva corriente de investigación que busca de antibióticos haciendo foco en la naturaleza, en lugares extremos como el interior de los insectos, las profundidades de los océanos, o los desiertos y también en la genómica.

Investigadores del John Innes Centre (JIC) en Norwich están analizando una bacteria extraída del estómago de grandes insectos y de los gusanos de seda, que tiene especial predilección por las plantas altamente tóxicas.

Marcel Jaspars, un profesor de química orgánica de la Universidad de Aberdeen en Gran Bretaña, encabeza la operación PharmaSea en las profundidades del océano Pacífico, las aguas árticas y la Antártida en busca de bacterias.

“Estamos buscando poblaciones aisladas de organismos. Habrán evolucionado de manera diferente y por lo tanto producido nuevos químicos”, explica Jaspars.

Las experiencias en este camino son muchas, un inmunosupresor – Rapamune- se originó en un microorganismo aislado de tierra recogida en la Isla de Pascua, Cubicin, un antibiótico inyectable, fue aislado primero de un microbio encontrado en muestras de suelo recogidas en el monte Ararat, en el este de Turquía.

Una importante herramienta con la que hoy cuentan los investigadores es la posibilidad de la secuenciación de genes: las máquinas permiten hoy leer ADN microbiano de forma rápida, lo que amplía infinitamente las posibilidades de encontrar un arsenal terapéutico en la naturaleza.

Pero además de buscar en lugares extremos como el fondo del mar o los polos, hay todavía campo para las investigaciones con microorganismos ya conocidos, como las especies de estreptomicina que se encuentran en el suelo y que por mucho tiempo fueron una rica fuente de antibióticos.

La estreptomicina fue la primera cura para la tuberculosis y evitó la pérdida de muchas vidas por la enfermedad pulmonar hasta que la bacteria que la produce empezó a desarrollar resistencia.

Tras la publicación del primer genoma para una cepa de la bacteria en 2002, los investigadores pueden ver cuánto del potencial del antibiótico de esta extensa familia de organismos sigue sin ser explotado.

Los análisis de ADN mostraron que hasta 30 compuestos diferentes podrían extraerse sólo de esta cepa de estreptomicina y muchas de ellas no se han examinado todavía para medir su capacidad de eliminar virus.

Entender la codificación genética abre la puerta además a la posibilidad de desarrollar formas de activar o desactivar los genes microbianos para generar la producción de un antibiótico específico.

Los científicos están usando también biología sintética para insertar secuencias genéticas en una serie de células para producir un compuesto determinado.

Muchos centros de investigación están abocados a la secuenciación del genoma de miles de bacterias, como el Instituto de Genómica de Pekín (BGI).

En el mundo hay una carrera contrarreloj entre las investigaciones y el avance de la resistencia. “La resistencia antimicrobiana no es una amenaza futura que se cierne sobre el horizonte. Está aquí, ahora mismo, y las consecuencias son devastadoras”, advierte Margaret Chan, directora general de la Organización Mundial de la Salud.


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